jueves, 4 de junio de 2009

Tristeza.

Eso es lo que siento al ver truncadas la vida de 228 personas en las aguas de Océano Atlántico.
Es duro, muy duro perder a alguien que forma parte de ti de golpe, sin avisar.Te lo arrebatan de tu lado y sientes un vació inmenso. Tan profundo como esas aguas en las que ahora duermen para siempre esos padres, madres, maridos, hijos... Y de las que no sabemos si las rescataran.
Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no es así. Solamente mitiga el golpe y hace que sea un poco más llevadero vivir con esa perdida, con esa herida en tu interior. Herida que se te abre una y otra vez cada vez que te enteras de la muerte de otras personas cercanas o no.
Siempre hay algo que no has echo, que no le has dicho a ese ser querido, algo que se te queda dentro y que tienes por todos los medios de contarlo aunque sea al viento, si no tienes nadie a quien hacerlo.
Y más tristeza siento de pensar, que quizás sus familiares, no puedan ver el cuerpo, ese que necesitan encontrar para empezar a salir de este duelo que acaban de comenzar.
Tantas historias truncadas y otras tantas que por azar seguirán su camino, ya que ese día por una razón o otra no cogieron ese vuelo y siguen con nosotros.
Mis más sinceras condolencias a todos los familiares.


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